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Sí, ese adolescente en Oxford era Osama bin Laden. Tenía apenas 14 años.

Corría el año 1971. En la tranquila y académica ciudad de Oxford, Inglaterra, un joven saudí participaba en un curso de verano para aprender inglés. No llamaba demasiado la atención: tímido, delgado, de mirada reservada. Pero su nombre Osama bin Laden marcaría la historia décadas más tarde.

Era uno de los 54 hijos de Mohammed bin Laden, un influyente magnate de la construcción con estrechos vínculos con la familia real saudita. Provenía de una de las familias más ricas del país y formaba parte de esa élite que podía darse el lujo de enviar a sus hijos a Europa a “formarse con lo mejor del mundo occidental”.

Tras su paso por Oxford, Osama regresó a Arabia Saudita, donde cursó economía y administración en la Universidad Rey Abdul Aziz. Algunos informes señalan que se graduó en ingeniería civil; otros, en administración pública. En cualquier caso, todo parecía apuntar a una vida de éxito empresarial, privilegios y discreción.

Pero algo cambió.

Años después, ese adolescente que sonreía en las calles de Oxford se transformaría en el rostro más temido del terrorismo internacional. Fundador y líder de Al-Qaeda, fue el cerebro detrás de los atentados del 11 de septiembre y de numerosos ataques alrededor del mundo. Durante años, encabezó la lista de los más buscados por Estados Unidos, hasta que fue abatido en 2011 en Pakistán.

Hoy, esa imagen juvenil y aparentemente inofensiva tiene un peso simbólico inmenso. Porque detrás de esa sonrisa tranquila se gestaba una sombra que sin que nadie lo imaginara cambiaría el curso del siglo XXI.

Una foto. Una vida. Una historia que desafía todo lo que creemos entender sobre el destino y las decisiones.

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