
Durante siglos se creyó que los cocodrilos lloraban por remordimiento al devorar a sus presas. De ahí nació la expresión “lágrimas de cocodrilo”, usada para describir una falsa tristeza. Pero la ciencia nos revela otra historia.
Cuando estos reptiles mastican con fuerza, la presión en sus mandíbulas afecta los senos paranasales y estimula las glándulas lagrimales, provocando la salida de lágrimas. No es pena ni culpa: es pura fisiología.
Además, esas lágrimas cumplen una función práctica —lubricar sus ojos—, especialmente cuando comen fuera del agua, donde el aire seco acelera la evaporación.
Así que, la próxima vez que escuches hablar de “lágrimas de cocodrilo”, recuerda: no hay drama, solo biología.