
Una mujer de 45 años, identificada como Angie Harlan, fue sentenciada a dos años y medio en un centro correccional tras admitir su responsabilidad en un caso de abuso y confinamiento contra su propio hijo, a quien encerró en un armario y le proporcionó una lata de Pringles para que la usara como baño con la intención de evitar que las autoridades lo encontraran.
El caso se remonta a agosto de 2025, cuando la familia de acogida del menor reportó su desaparición y las autoridades comenzaron una búsqueda. Durante la investigación, Harlan negó en varias ocasiones saber del paradero del niño, pero la policía finalmente lo halló escondido debajo de una cama en la casa de la mujer.
Frente a los agentes, Harlan llegó a declarar: “Es mi maldito hijo. Nadie se lleva a mi maldito hijo”, y amenazó con matar al menor si intentaban sacarlo del lugar.
Según el relato del niño, tras escapar de su hogar de acogida, caminó hasta una vivienda de un desconocido para pedir un teléfono y comunicarse con su madre. Harlan lo recogió y lo llevó primero a una escuela abandonada que llamaba su “escondite” y posteriormente a su casa, donde lo encerró en un clóset.
Durante el tiempo que estuvo confinado, la madre le dio una lata de Pringles para que la usara como baño y le administró pastillas que ella dijo eran Tylenol, pero que el menor aseguró eran píldoras para la ansiedad que lo hacían sentirse “borracho”.
Finalmente, Harlan aceptó un acuerdo de culpabilidad que redujo los cargos a intimidación grave y proporcionar información falsa ante las autoridades, lo que dio paso a la sentencia en su contra.
Este caso ha reabierto el debate sobre la protección de menores bajo el sistema de familias de acogida y las fallas que pueden presentarse cuando hay reunificación con progenitores con historial de negligencia o conducta agresiva en Estados Unidos.