
El chofer de la pipa que explotó en Iztapalapa perdió la vida en un acto que, lejos de egoísmo, fue de entrega. Los testigos aseguran que, aún con la ropa ya quemada por el derrame, intentó abrir válvulas para evitar una tragedia mayor. No lo logró. Su cuerpo no resistió, pero su intención fue salvar a otros.
Entre compañeros de trabajo se comenta lo que muchos ya sabían: «esa pipa no servía». «Era vieja», «ya chillaba la válvula». El chofer mismo se había quejado. Pero como tantas veces en México, las advertencias se ignoran hasta que la desgracia estalla.
Él no salió de su casa pensando en morir, mucho menos en provocar un accidente. Molino de Como
Su muerte recuerda que detrás de cada tragedia hay rostros, historias y familias que sufren en silencio. Que la memoria de este trabajador no quede reducida a un titular, sino que sirva para exigir lo que todos merecen: condiciones seguras para salir a trabajar y volver con vida a casa.
A su familia, pronta resignación y el abrazo solidario de quienes, aún sin conocerlos, sienten la pérdida de un colega más en el camino.