
Originaria del Poblado Miguel Alemán, Rosa Guadalupe Montes Álvarez no solo enfrenta la dolorosa realidad de la desapariciones forzadas, también lucha cada día contra el cáncer que le ha limitado físicamente, pero que no le arrebata la voluntad.
Fue en 2019 cuando se integró al movimiento de búsqueda, tras la desaparición de su sobrino, y aunque el joven ya fue localizado, ella decidió no retirarse del colectivo. Desde entonces ha caminado junto a otras madres por los cerros y brechas de Sonora, con pala en mano, escarbando la tierra en busca de los hijos ajenos que el Estado no ha logrado encontrar.
Su testimonio lo compartió durante la jornada de rastreo realizada el pasado 24 de julio en el Valle de Guaymas, donde el colectivo Buscadoras por la Paz Sonora localizó r3st0s óseos, de al menos tres personas. Mientras el sol caía sobre el monte y las herramientas removían la tierra, Rosa relató su historia: cómo la búsqueda le dio sentido a su dolor y cómo, aun con una enfermedad agresiva, no está dispuesta a abandonar la causa.
Su vida dio un giro drástico cuando recibió un diagnóstico de cáncer en el útero. Tras una biopsia realizada en septiembre, el 7 de noviembre le confirmaron la presencia de un tumor maligno. La enfermedad la dejó postrada por más de un año, sin poder caminar. Aunque ha logrado recuperar algo de movilidad, actualmente sufre dolores constantes, dificultad para desplazarse y una sensación de pesadez en el abdomen que la obliga a permanecer sentada durante las búsquedas.
Pese a su frágil salud, Rosa no se ha rendido. Aunque ya no puede recorrer los montes como antes, participa activamente en los operativos, señalando puntos de interés y acompañando al grupo con su experiencia. Sin embargo, su lucha se ha visto obstaculizada por la falta de atención médica adecuada.
Fue canalizada desde Miguel Alemán al Centro de Salud de la colonia 14 de Hermosillo, donde debía realizarse una tomografía contrastada y estudios pulmonares necesarios para continuar con su tratamiento oncológico. No obstante, los aparatos se encontraban fuera de servicio y nadie le ofreció una solución o alternativa. La situación la obligó a perder una cita con el oncólogo, difícil de conseguir, lo que representa un retroceso en su tratamiento.
En medio del abandono institucional, Rosa sigue presente en el campo de batalla, acompañando a otras madres en su dolor, aún cuando su cuerpo le suplica detenerse. A la espera de atención médica digna, su historia refleja la doble indiferencia que enfrentan muchas mujeres en Sonora: la de quienes buscan a sus seres queridos sin el respaldo de las autoridades, y la de quienes enferman sin acceso a un sistema de salud que les garantice una oportunidad de vida.