
El accidente aéreo de florida me dejó una reflexión que va más allá de la tragedia.
Dos expresiones me impactaron profundamente: la voz masculina que comenzó a rezar el Padre Nuestro y las palabras de la copiloto: Se nos acabó el tiempo.
Y no he dejado de pensar en lo que ambas representan.
Por un lado, la fe. Esa voz que, frente a lo inevitable, encuentra en la oración una manera de enfrentar el último instante. Porque cuando Cristo vive en tu corazón, la muerte no representa una derrota, sino la esperanza de la vida eterna. Como dice la biblia: Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.
Por otro lado, lo humano: Se nos acabó el tiempo. Una frase que encierra la angustia de comprender que ya no hay más segundos, que no existe otra oportunidad, que la vida llegó a su límite.
Y entonces me pregunto: ¿cómo vamos a enfrentar ese momento?
¿Con la paz de quien ha vivido con Cristo y ha puesto su vida en sus manos? ¿O con la desesperación de quien descubre, demasiado tarde, que siempre pensó que tendría tiempo?
Porque aceptar a Cristo no debería ser una decisión que dejemos para el último segundo. La fe no se improvisa cuando llega la muerte; se construye mientras vivimos.
No sabemos cuándo será nuestra última oración, nuestra última respiración o nuestro último pensamiento.
Pero sí podemos decidir hoy cómo queremos llegar a ese encuentro.
Y tú, si hoy fuera tu último segundo, ¿qué saldría de tu boca y qué habría en tu corazón: un Padre Nuestro o el miedo de saber que se te acabó el tiempo?
Yo he estado tres veces en ese límite, en ese instante en el que pronuncié un último Padre Nuestro. Y aquí estoy.
Por eso, esta reflexión no nace de algo religioso ni del miedo a morir, sino de lo que significa vivir con fe. De entender que nuestra relación con Dios no puede depender de una emergencia, una enfermedad, las carencias, una tragedia o esos últimos segundos en los que quizá ya no tengamos oportunidad de elegir.
No esperes a que se te acabe el tiempo para acordarte de Dios.
Por
Rosa Lilia Torres